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INVESTIGACIÓN

Desarrollo socioeconomico y Geopolitica del Desarrollo

| Artículos de opinión

La Argentina y Grecia: dos modelos económicos en juego

Autor | Mario Rapoport


Conflictos de Interes
El autor no manifiesta conflictos de interés


Palabras Claves
Grecia, Argentina, crisis, elecciones, multinacionales, corporaciones, democracia, endeudamiento, desendeudamiento, industrialización, desarrollo



21-07-2015 | El caso griego, no es simplemente el de ese país, sino que supone también la crisis del euro, así como el caso argentino en el 2001, ligado al cepo del dólar, tenía que ver con la crisis del tipo de cambio fijo y de la convertibilidad. Esto nos permite hacer primero un diagnóstico de la economía argentina actual para luego interpretar lo que está ocurriendo en Grecia, que se corresponde en cierto modo, con nuestra crisis pasada.


El desafío económico argentino
En la Argentina los puntos esenciales en las próximas elecciones deben girar en torno a propuestas de desarrollo, sólidas, fundamentadas y de largo plazo, que resulten beneficiosas para la mayoría de la población y no para el interés de pequeñas minorías. La experiencia de esta última década no fue la de pretender cambiar la sociedad de cuajo, sino la de repartir mejor el excedente económico, por primera vez después de la dictadura militar y del retorno a la democracia.

Se jugó a contramano de lo que el mundo capitalista exigía y no nos fue mal: en vez de endeudarnos nuevamente nos desendeudamos, en vez de políticas de austeridad se prefirió estimular el consumo y la actividad económica, en vez de aceptar sumisamente la gigantesca estafa de los fondos buitres y una juridicidad importada e injustificada, se la rechazó. Además, se rescató del desastre anterior en que nos dejó la crisis del 2001 bienes que siempre debieron pertenecer al Estado, como YPF, Aerolíneas Argentinas y trenes. Y en particular, se mejoró la distribución de los ingresos. Con todo esto, la economía volvió a crecer nuevamente, aunque no tapar todos los agujeros por los que se escapan nuestras riquezas, pero enfrentó y está enfrentado, con cierto éxito, las peores consecuencias de la crisis internacional.

El pretexto que utilizaban generalmente los gobiernos anteriores, era el de tener primero una economía más sólida siguiendo el criterio ético de Pareto de que es en vano querer comparar los individuos entre ellos y ayudar a los más necesitados. Lo que sólo vale es una reforma que mejore la situación si algunos ganan sin que nadie pierda. Esta idea ha dado lugar a la teoría del derrame, que nunca se cumplió en ningún lado. El capitalismo genera crecientes desigualdades, no tiende a igualar a los individuos: esto constituye su propia esencia. También es falso de que seguir ese camino a través del financiamiento externo produce una acumulación virtuosa y una economía sólida. El endeudamiento es una forma más rápida de hacer ganancias espurias, y la fuga de capitales consiguiente origina una acumulación extrovertida que va a parar a los centros del capitalismo mundial y a los paraísos fiscales, que son su razón ser. Los planes de austeridad, por otra parte, enflaquecen la economía de la mayoría de la población, mientras engrosan a una ínfima porción de ella.

Esta década que hemos vivimos nos ha mostrado que es posible y necesario salir de la trampa de liquidez a las que nos condujo la política neoliberal, esbozando un camino productivo distinto. La verdadera democracia no es sólo política, sino también social y económica; que de oportunidades a todos por igual, además de mejorar la situación de aquellos que en el pasado no las tuvieron.

Así vamos a conseguir nuevos políticos, reflejando una juventud que nos puede ayudar a construir un futuro mejor, y volver a pensar en nosotros mismos como totalidad, es decir primero en nuestra nación, luego en aquellas naciones vecinas que coincidan con el rumbo que tomemos y finalmente en la ubicación en el mundo. No vamos a salir de donde estamos, si no seguimos esa secuencia: lo nacional, lo regional y lo mundial y conectamos sus partes entre sí. No queremos cualquier tipo de socios, sino aquellos que puedan aportarnos otros puntos de vista, los que aún debatiéndolos debemos respetar. Sobre todo aquellos que partan de experiencias comunes a las nuestras en lo económico, lo social y lo cultural y no pretendan sujetarnos a un carro globalizador como ocurrió con las grandes potencias.

Sin dejar de aprovechar nuestras ventajas naturales, el empleo, la mejora en las condiciones de vida y una mayor capacitación técnica, humanística y profesional de la gran mayoría de la población, vendrán por la industrialización. La que debe ser comandada en el largo plazo por los mismos argentinos y no por conglomerados multinacionales que sólo vienen a aprovechar las líneas más rentables de nuestra economía, envían sus ganancias al exterior y se preocupan poco de producir bienes de mayor valor agregado que integren las exportaciones y las cadenas de valor mundiales. Esa industrialización tiene que ayudarnos no sólo a reconstruir el mercado interno sino también a competir en el externo, para lo cual la participación del Estado y el liderazgo de empresas nacionales es indispensable.

Queremos un crecimiento productivo con una mayor equidad y al mismo tiempo guiar nuestro propio desarrollo (tener mayores márgenes de autonomía en el escenario internacional y defender nuestra posición soberana) ambas cosas deben ir de la mano.