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Chernóbil y por qué es momento de disipar los mitos sobre la energía nuclear

Autor | OETEC-ID


Palabras Claves
Chernóbil, accidente nuclear, Greenpeace, cambio climático, energía nuclear, terrorismo ecológico, Ministerio de Ambiente, tarifazo, Paul Horsman



28-04-2016 | [Nota del Editor: por su extraordinaria importancia y sentido común, decidimos traducir el siguiente artículo publicado por The Guardian el 11 de abril de 2016 titulado "Why its time to dispel the myths about nuclear power"]. Treinta años han pasado desde los acontecimientos de Chernóbil y cinco de la catástrofe de Fukushima. Juntos, constituyen los accidentes nucleares más grandes del mundo. Y hoy, más que nunca, necesitamos una discusión razonable sobre este tema.


La confusión generalizada sobre estos desastres aún empaña una discusión racional sobre la generación de energía. Con demasiada frecuencia, el debate se vuelve innecesariamente áspero y dependiente de la retórica en lugar de los hechos. Sin embargo, y como el cambio climático se convierte en un factor cada vez presente en la discusión pública, necesitamos un debate razonable acerca de la energía nuclear. A tales fines, vale la pena disipar algunos mitos persistentes.

Los acontecimientos sucedidos en la ciudad ucraniana de Pripyat, durante la mañana del 26 de abril de 1986, grabaron en la mente del público el nombre de Chernóbil y todas sus connotaciones. Chernóbil, un experimento de seguridad mal realizado, fue el catalizador para el peor desastre nuclear de la historia. Relatar la secuencia completa de eventos que provocó el accidente constituiría un artículo entero; baste con decir que la mezcla entre un diseño defectuoso, redundantes discapacidades y una trágica negligencia en el protocolo experimental, fueron la antesala de la catástrofe. El resultado fue una explosión de vapor masiva con suficiente potencia como para hacer volar por los aires un reactor de 2.000 toneladas a través de la terraza del edificio de la central nuclear. A pesar de la enorme fuerza explosiva de la erupción, lo que siguió no fue una explosión nuclear. Sin embargo, la Guerra Fría había fusionado en la consciencia colectiva la relación entre armas nucleares y energía nuclear, aunque ambas operan bajo principios muy diferentes.

La explosión de Chernóbil comenzó con un exceso de vapor que, luego de disiparse el refrigerante, siguió con una segunda explosión aún mayor que dispersó el núcleo del reactor, generando una reacción en cadena. La segunda explosión expulsó pedazos de moderador de grafito por los aires, el cual se incendió provocando una lluvia radiactiva. Se estima que esta segunda explosión liberó unos 40 mil millones de jalones de energía, lo que equivale aproximadamente a 10 toneladas de TNT. En contra de todas las normas de seguridad, el techo del complejo del reactor había sido construido con betún, convirtiéndose en un agente altamente inflamable. Las barras de grafito, altamente tóxicas, provocaron al menos cinco incendios en el techo del reactor. Para peor, mientras el jefe de turno noche y el jefe de ingeniería discutían sobre si el reactor debía ser cerrado downFor, varios trabajadores estuvieron in situ con una protección mínima. Asimismo, durante la conmoción, un helicóptero que vertía 5.000 toneladas de arena y boro absorbente de neutrones en un esfuerzo por calmar las llamas, colisionó con una grúa cayendo en espiral al suelo matando a los cuatro miembros que lo tripulaban; un acontecimiento trágico captado por la cámara. Si bien para las 5 de la mañana el fuego había sido controlado, muchos hombres se encontraron expuestos a altos niveles de radiación sin contar, incluso, con la protección más básica.

La respuesta soviética fue un desastre absoluto; en lugar de admitir el fallo y tomar medidas preventivas, las autoridades simulaban la falta de errores mientras el material peligroso liberado por la explosión se filtraba sin obstáculos en el suelo de Pripyat, el principal de ellos, radio-yodo 131. Si bien este isótopo radiactivo cuenta con un promedio de vida de tan sólo ocho días, al ser ingerido se acumula en la tiroides provocando una posible aparición de cáncer. Con lo cual, las personas expuestas deben inyectarse yoduro de potasio a fin de evitar sus efectos secundarios. Sin embargo, la respuesta profiláctica de base no fue tomada y los residentes de Pripyat continuaron ingiriendo alimentos contaminados. Recién 36 horas después de la explosión, las autoridades dieron la orden de evacuar.

Chernóbil fue una tormenta perfecta donde la ineptitud se cobró vidas humanas. Al mismo tiempo, resultó ser inequívocamente el peor accidente nuclear del mundo. No obstante, para muchos grupos anti-nucleares, también significó la confirmación de que la energía nuclear resulta inherentemente insegura. Así, la palabra Chernóbil se convirtió masivamente en sinónimo de muerte. Pero la percepción y la realidad no siempre se alinean perfectamente; a raíz de la catástrofe, el Comité Científico de las Naciones Unidas sobre los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR) -entre otros- emprendieron un esfuerzo coordinado para estudiar los posibles efectos sobre la salud que podría provocar el accidente de Chernóbil.

En 2006, después de dos décadas de monitoreo, se concluyó que de los bomberos expuestos a las enormes dosis radioactivas, 28 murieron a causa de una enfermedad por radiación aguda y otros 15 de cáncer de tiroides. A pesar de los recaudos realizados durante tres décadas, los tumores sólidos o los efectos sanitarios retardados han aumentado significativamente, incluso en los cientos de miles de trabajadores de limpieza que ayudaron a purgar el sitio después del accidente. Empero, el informe de UNSCEAR, correspondiente a 2008, asegura que "no hay evidencia científica de que los aumentos en las tasas globales de incidencia de cáncer, que la mortalidad o que los tipos de trastornos no malignos se relacionen con la exposición a la radiación".

Y agrega: "La incidencia de leucemia en la población, una de las principales preocupaciones, no parece ser elevada. Aunque los individuos con mayor exposición a la radiación cuentan con más riesgos de sufrir efectos relacionados con la misma, no es probable que la gran mayoría de la población experimente consecuencias graves para la salud como resultado de la radiación proveniente del accidente de Chernóbil siendo que muchos otros problemas de salud también se observan en poblaciones que no estuvieron expuestas a la radiación".

Obviamente, el hecho de que el impacto en la salud de Chernóbil haya sido mucho menor no significa que el impacto de la tragedia se minimice: al menos 43 personas murieron como consecuencia directa de la catástrofe y por lo menos otras 4.000 sufrieron algunos de sus efectos. Por otra parte, la magnitud del incidente fue enorme y alrededor de 115.000 personas fueron evacuadas por las autoridades de las zonas circundantes al reactor. Al día de hoy, existe una zona de exclusión de 30 kilómetros a la redonda que ha sido mantenida por precaución a pesar de que el nivel de radiación en este límite sea muy inferior al que podría causar daños. Más aún, sin la incidencia humana, la zona de exclusión de Chernóbil se convirtió en un increíble espacio natural de vida silvestre y en una creciente atracción turística.



"Un elevado número de alces, ciervos, jabalíes y lobos muestra que el efecto a largo plazo del peor accidente nuclear del mundo es menos perjudicial que la actividad cotidiana humana". En la imagen, una familia de alces en la zona de exclusión de Chernóbil. Fuente: "Long-term census data reveal abundant wildlife populations at Chernobyl" (Current Biology. Volume 25, Issue 19, pR824-R826, 5 October 2015).

Pero los opositores ideológicos de la energía nuclear ignoran esta realidad. Un informe ruso que no cuenta con la correspondiente revisión de especialistas en el tema, cosechó varios titulares periodísticos tras el lema de que 985.000 personas habían muerto a causa del accidente, un número posteriormente refutado por no tener base sólida por la revista Radiation Protection Dosimetry. La evidencia científica también socava los dichos de Greenpeace, quien se sirvió durante mucho tiempo del fantasma de Chernóbil (y más recientemente de Fukushima) para sustentar su narrativa antinuclear. Greenpeace y los "verdes" europeos se apuraron para contrarrestar los informes anteriores, y sobre todo el del denominado Foro de Chernóbil, con la publicación "El otro reporte de Chernóbil (Torch)", en 2006. En él, se informó que más de 200.000 muertes podrían ser atribuibles al desastre; una cifra carente de mérito en un claro intento de eludir el consenso científico. Tal hipérbole vacía y terca que reemplaza el fanatismo ideológico por la realidad no sólo resulta intelectualmente insípida sino que daña la salud psicológica de los supervivientes. Al respecto, un informe de la Organización Mundial de la Salud de 2005 aseguró que "designar a la población afectada como víctimas en lugar de supervivientes ha provocado que se sientan indefensos, débiles y carentes de control sobre su futuro. Esto condujo a un comportamiento precavido y exagerado en materia de salud o a una conducta imprudente".

A diferencia de Chernóbil, los acontecimientos de Fukushima en marzo de 2011 no fueron resultado de la ineptitud sino de un desastre natural masivo en la forma de un tsunami de 15 metros de altura. Un torrente de agua inundó la planta de Fukushima y sus generadores diesel, lo cual liberó pequeñas cantidades de desechos nucleares en el anegamiento. Mientras los medios de comunicación en el mundo insistían con el drama acontecido dentro de la central nuclear, se perdía de vista que alrededor de 16.000 personas habían muerto a causa de un desastre natural masivo. A pesar de los desalentadores titulares periodísticos, lo cierto es que cinco años más tarde las consecuencias radiobiológicas de Fukushima son prácticamente descartables; nadie ha muerto por el evento y es extraordinariamente improbable que alguien vaya a hacerlo en el futuro. En efecto, el volumen de la fuga radiactiva es tan pequeño como para no provocar ningún problema de salud no habiéndose detectado radiación ni en los alimentos cultivados ni en el pescado capturado frente a la costa. Sin embargo, esto no ha impedido que numerosas organizaciones empleen a Fukushima como argumento anti-nuclear, a pesar de no contar con ninguna justificación para hacerlo.

Resulta importante poder ver estos desastres en el contexto más amplio de la producción de energía: cuando la represa hidroeléctrica Banqiao falló en China durante 1975, por lo menos murieron 171.000 personas y otras 11 millones fueron desplazadas. Incluso la energía eólica se ha cobrado más de 100 muertes desde la década de 1990 [NE = a marzo de 2016 rondan las 160]. Remarcar este desconocido aspecto no tiene por objetivo denigrar la importancia vital de este tipo de tecnologías sino más bien señalar que todas las formas de producción de energía tienen un cierto riesgo inherente. Nuestra dependencia de los combustibles fósiles resulta particularmente costosa no sólo para el medio ambiente sino también para la salud humana: cada año, se estima que al menos 1,3 millones de personas mueren a causa de la contaminación del aire. Las estimaciones más recientes indican que esta cifra alcanza los 5,5 millones [NE = Solo en China se calcula que en 2013 hubo 1,6 millones de muertes producto de la polución del aire; en India unos 1,3 millones]. Sin embargo, la oposición ideológica a la energía nuclear es difícil de superar.

A raíz de Fukushima, Alemania cedió ante las demandas de los grupos de presión y cerró su sector nuclear y dispuso en su lugar la construcción de plantas de combustibles fósiles altamente contaminantes. Por su parte, Japón también suspendió su producción nuclear y se convirtió en el segundo mayor importador neto de combustibles fósiles del mundo. El cierre de las plantas en Japón no sólo ha aumentado la contaminación sino también los apagones y las protestas. Contrariamente, Francia produce el 75% de su energía a través de la generación nuclear y cuenta con un aire mucho más limpio además de bajísimas emisiones de carbono.

El IPCC señala que la energía nuclear debe ser considerado si queremos detener los efectos del cambio climático, incluso algunas trabajos sugieren que es necesario duplicar la capacidad nuclear si queremos evitar sus peores consecuencias [NE = "Nuclear Power Needs to Double to Curb Global Warming", Scientific American, 30 de enero de 2015]. Aun así, la resistencia anti-nuclear y el alarmismo sobre Chernóbil y Fukushima se emplean muy a menudo. Es cierto que la energía nuclear genera inconvenientes y, al igual que cualquier forma de generación energética, tiene sus riesgos. Pero también es verdad que resulta un tipo de energía limpia, segura y sumamente eficaz. Si realmente queremos tener una discusión racional acerca de cuál es la mejor forma de alimentar nuestro mundo, debemos limitarnos a los hechos, no recaer en ficciones, sopesar las ventajas y desventajas, y dejar de recurrir a una radiofobia ideológica infundada. Nuestro futuro depende de ello.



Bibliografia
"Why its time to dispel the myths about nuclear power" https://www.theguardian.com/science/blog/2016/apr/11/time-dispel-myths-about-nuclear-power-Chernóbil-fukushima

"Wildlife thriving around Chernobyl nuclear plant despite radiation"
http://www.theguardian.com/environment/2015/oct/05/wildlife-thriving-around-chernobyl-nuclear-plant-despite-radiation
http://www.cell.com/current-biology/pdf/S0960-9822%2815%2900988-4.pdf

"Long-term census data reveal abundant wildlife populations at Chernobyl" (Current Biology. Volume 25, Issue 19, pR824-R826, 5 October 2015)

"Nuclear Power Needs to Double to Curb Global Warming", Scientific American, 30 de enero de 2015
http://www.scientificamerican.com/article/nuclear-power-needs-to-double-to-curb-global-warming/