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Macri, su crédito a las PyMEs y el reclamo de un gremio de sastres de 1815

Autor | Federico Bernal


Palabras Claves
PyMEs, crédito, Macri, economía nacional, industrialización, proteccionismo, libre cambio, gremio de sastres, 1815, desindustrialización



11-05-2016 | El macrismo otorgó un crédito de 137.000 millones a las pequeñas y medianas empresas. Una aspirina para curar un cáncer que será terminal si la administración conservadora no cambia el rumbo de su política económica. Realmente, ¿crédito para qué, si la apertura de las importaciones va de mal en peor? ¿Crédito para qué si está en marcha un nuevo tratado de libre comercio? ¿Crédito para qué, si las tarifas de electricidad y gas son impagables? ¿Crédito para qué si el consumo se vino a pique y al granero del mundo es incompatible con un mercado interno pujante? Y ya que hablamos de granero del mundo: Las exportaciones de productos primarios superaron en marzo el volumen de las exportaciones industriales por primera vez desde finales de los noventa, es decir, en 17 años. Trigo, maíz y oleaginosas fueron los bienes con mayor expansión, en tanto que plásticos, maquinaria, autos y productos de economías regionales como lácteos marcaron el mayor retroceso. La quita de retenciones lo hicieron, una Sociedad Rural en la Casa Rosada lo hizo. Y ya que hablamos de Sociedad Rural y de la disyuntiva histórica aún irresuelta, si una Nación industrial o una colonia exportadora de vacas y granos, vale la pena repasar su larga lucha y en ella, sus orígenes. A las pequeñas y medianas empresas no las salva un crédito bajo una administración oligárquica y un gobierno foráneo. Las salva una política económica nacional, proteccionista, industrialista y popular. A continuación, uno de los primeros y más importantes reclamos proteccionistas de los incipientes focos manufactureros porteños, año 1815 y una vez consumada la caída del régimen alvearista.


Se trata de un escrito presentado al Director del Estado por parte del maestro mayor del gremio de sastres. Se buscaba allí restringir la introducción de ropa hecha en el exterior, aunque evitando pedir la protección para las telas en general. El reclamo, apoyado por la Justicia de la época, fue rechazado por el director de la Aduana, ya sujetada al capitalismo británico. El autor de la carta sólo atiende a los intereses de su gremio y aunque condena en términos generales a las introducciones que perjudiquen a las artes del país, celebra que se haga el comercio con las manufacturas de fábricas pero no con la forma posterior que se les dé, o sea que aspira a que no ingrese ropa hecha pero desea que lo hagan las telas, sin pensar que algunas de ellas podían competir con el producto de los telares del interior.

La carta de Andrés Roa, maestro mayor del gremio de sastres al Director del Estado comienza así: "...que el comercio extranjero que se hace de ropas manufacturadas es perjudicial al gremio e indirectamente a la prosperidad y riqueza del Estado... Ventajoso como al extranjero nos es que éste nos traiga sus frutos y manufacturas a cambio de los nuestros, proveyéndonos así de lo que necesitamos para la vida... pero todo debe ser sin perjuicio de nuestras artes mecánicas y oficios porque en el momento que estas queden en inacción por la introducción, falta el trabajo a una considerable porción de hombres. El numerario que ellos recibirían se va a países extraños, corre la miseria por las familias y desaparece el estímulo de la juventud para dedicarse u ocuparse en artes y oficios que no les producen el pan, de aquí una cadena de desórdenes, la pobreza del país, los vicios y lo que es peor, el ludibrio [desprecio] del extranjero". ¿No es magnífica esta última frase? ¡Y hablamos de la mayor autoridad gremial en la Argentina de 1815! Síntesis y sencillez perfecta de una política económica nacional.

Pero no termina allí la lección histórica a nuestros gremialistas contemporáneos. "Bien lo han conocido esto todas las naciones cultas y por eso han sido tan severas las prohibiciones en esta parte. Todos saben las que rigen en la Nación cuyos individuos nos llenan el país de toda clase de vestidos, aún en obras de plata y oro del mayor gusto y delicadeza. ¿Por qué ser nosotros tan indulgentes cuando por ellos vemos vacilar la existencia de muchas familias, cuyos brazos están prontos y servirán con energía cuando sea preciso pelear con nuestros implacables enemigos?"

Al cierre de la misiva, Roa expresa: "Bajo estos principios generales, a V.E., en nombre de todos los individuos del gremio y por sus instrucciones me presento o para que (si ellos hiciesen alguna impresión en su superior ánimo) se sirva proscribir el comercio de ropas reducidos a vestidos sean de la clase que fuesen o, de permitirlo, sea con un recargo de derechos, capaces a equilibrar la existencia de las artes y oficios del país en este línea. Pido justicia...".

Al informar al Director sobre el pedido de Roa, la Junta de Observación -autoridad competente para analizar y dar curso a este tipo de reclamos- expide uno de los más importantes documentos de índole económica con posterioridad a la revolución de Mayo. La Junta de Observación toma nota del reclamo del gremio y propicia una reglamentación que protege no sólo a los sastres sino a todos los productores del Río de la Plata, a la vez que obstaculizando de manera especial la entrada de los artículos de lujo que llegan del extranjero. Sus fragmentos más jugosos: "Las ventajas del comercio libre ningún hombre juicioso puede desconocerlas, más esta libertad si es ilimitada producirá algún día su mismo exterminio... De aquí es que las naciones sabias y económicas han adoptado medidas que concilian aquella libertad con la conservación de [sus] ventajas. Si ellas franquean la introducción de algunos artículos que se producen en el país es con un recargo de derechos que retraiga de su introducción a los que vengan a traerlos para que de ese modo la demasiada abundancia no envilezca los del país y cause el desaliento en los que se dedican a su fomento". Y luego una joya, que bien hace a los tiempos que corren, con una Europa repleta de técnicos y profesionales muertos de hambre pero que buena falta nos haría incorporar: refiriéndose a lo anterior, los juristas integrantes de la Junta de Observación argumentan que la protección "...es el medio de conservar en pie las artes y de atraer a los maestros de ellas de un país donde ganan menos por la multitud de buenos profesores...".

Finalmente cierra su respuesta expidiéndose así: "Uno de los daños mayores es la fácil introducción de los artefactos y manufacturas al país. Los extranjeros pueden comprar o adquirir más baratas las primeras materias y que también logran manos a salario más bajo, introduciendo una inmensa copia de artefactos, de obras de lujo y de todas clases a precios a precios más cómodos, aniquilando la industria del país... La Junta cree que la providencia debe ser más amplia que la que solicita el que representa por el gremio de sastres; cree que debe extenderse además a todos los géneros de lujo que más dañan al Estado y cuya lenta pero siempre progresista reforma encarga a V.E. el Estatuto Provisional y en fin a todas las obras que se trabajan en el vasto territorio de las Provincias Unidas".

El Director del Estado, Ignacio Álvarez Thomas, mediante decreto del 21 de septiembre de 1815 ordenó al administrador de aduana un estudio que detallara la aplicabilidad de la disposición de la Junta de Observación, en función de "conciliar con esta medida las utilidades y ventajas de los de este país en favor de la industria". Pero era demasiado tarde. Funcionaba desde 1811, en la casa de la señora Clark, viuda del capitán de marina mercante Taylor, la "British Comercial Room" o Sala de Comercio Británica. ¡La Aduana tenía "autonomía" propia! La famosa autonomía que nuestro neoliberalismo del siglo XXI reclamaba a gritos para el BCRA, la economía, las instituciones públicas, la Justicia, las FF.AA., YPF, etc.

Los comerciantes británicos, aliados a la burguesía mercantilista porteña, eran cientos de veces más poderosos que cualquier, no ya gremio o taller manufacturero local, sino gobierno patrio. Convenía el versito de una "aduana autónoma" de todo interés local, pues ya se encontraba en poder extranjero, tal y como habría de estarlo prácticamente a lo largo del siglo XIX. En la Argentina de la contrarrevolución, luego de derrotado el Plan de Operaciones, se había fundado en el Plata un grupo de presión inglés en favor de las manufacturas inglesas antes que un grupo de presión criollo en función de las manufacturas de las Provincias Unidas. El administrador de la aduana puso en duda la conveniencia de aumentar los derechos según pedido del gremio y aprobación de la Junta, rechazando extenderlos además a todos los rubros artesanales e industriales. El Poder Ejecutivo dilató la resolución de la Justicia y terminó por no adoptar la protección reclamada por el gremio de sastres.

Administran el país los herederos de aquel Poder Ejecutivo. A las pequeñas y medianas empresas no las salva un crédito bajo una administración oligárquica y un gobierno foráneo. Las salva una política económica nacional, proteccionista, industrialista y popular.