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| Artículos de opinión

Reflexiones a propósito de la cumbre COP-20 en Lima

Autor | Federico Bernal


Conflictos de Interes
El autor se manifiestar ferviente defensor y promotor de la tecnología nuclear con fines pacíficos


Palabras Claves
COP-20, cambio climático, energía nuclear, medioambiente, ecología, Lima, COP-21, energías renovables, energía eólica, energía solar, neoliberalismo, soberanía, Amado Boudou, CNI, Brasil, Argentina



17-12-2014 | Cambio climático, soberanía y desarrollo... Este domingo concluyó en la ciudad de Lima la cumbre climática mundial COP-20. Pocos resultados y acuerdos más que tibios, reprochó en general la prensa. Cierto, aunque cabe resaltar que en esa tibieza se aloja, por ahora, la supervivencia del pueblo latinoamericano. Para evitar que en 2100 la temperatura del planeta figure por encima de los 2 grados centígrados en relación a la temperatura promedio de la era preindustrial (1850-1900), hecho que desembocaría en un descalabro climático prácticamente irreversible, la meta consensuada es llegar al 2050 con una reducción masiva (entre 50 y 90%) en la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) provenientes del sistema energético global -la principal fuente emisora de GEI-. ¿Pero cómo concretar dicha reducción si al ritmo de crecimiento demográfico y económico actual el sistema energético global deberá, también para 2050, haber duplicado su suministro? Existen dos caminos para lograrlo, caminos diametralmente opuestos, cada uno con sus particularidades, ganadores y perdedores, causas y consecuencias de las más diversas. Un camino permite mitigar el cambio climático sin perjudicar el desarrollo (con justicia social) ni la modernización económica de las naciones llamadas "en vías de desarrollo", contribuyendo así a un mundo más equitativo; el otro camino sirve de anillo al dedo al interés del terrorismo corporativo, financiero y especulador internacional, su agenda de sometimiento industrial y tecnológico hacia el Tercer Mundo, sus políticas de austeridad y ajuste popular, así como la profundización de la brecha entre países opresores y oprimidos. ¿Pero es posible -se preguntará el lector con razón- disminuir los GEI sin limitar el desarrollo, la industrialización, la demanda energética y una política socialmente inclusiva? Sí, y no sólo es posible, sino que actuando juntos y ayudándose mutuamente, muchos de los países "en vías de desarrollo" siquiera deberían preocuparse por reducir sus GEI. ¿Cuánto dióxido de carbono emite la Argentina, Bolivia o Brasil al lado de Alemania, EE.UU. o Australia? ¿Desafío climático o desafío energético? ¿Independencia económica y desarrollo con justicia social en un medioambiente gradualmente sano (para el ser humano) o... dependencia, austeridad económica y ajuste popular por obra y gracia del ecologismo imperialista?


"Responsabilidades comunes pero diferenciadas"
Qué camino tomar, de los dos posibles, atravesó el meollo de la discusión en la COP-20, discusión que proseguirá en la COP a realizarse en París en diciembre de 2015, y que obviamente no terminará allí. Por lo pronto, naciones desarrolladas y naciones en vías de desarrollo (para nosotros "en vías de independencia y soberanía") acordaron tibiamente limitar sus emisiones de GEI, comprometiéndose a entregar durante el primer trimestre del año entrante sus intenciones de reducción. Cabe resaltar, a este respecto, la posición de las naciones con mayor peso en América Latina, la Argentina y Brasil, en sintonía con las potencias India, China y Rusia. Básicamente, sus representantes en la cumbre dejaron en claro que los esfuerzos de mitigación del cambio climático deben discriminar entre grado de industrialización alcanzado, desarrollo económico, estado de la población, responsabilidades presentes e históricas en los niveles de contaminación ambiental y capacidades tecnológicas de los países en cuanto a nuevas formas de generación energética. Tal posición se denomina "diferenciación concéntrica" o "responsabilidades comunes pero diferenciadas".

La Argentina en la COP-20
En Lima, nuestro país estuvo representado por el vicepresidente de la Nación, Dr. Amado Boudou, quien comenzó su alocución explicando que "la responsabilidad histórica y los niveles de emisión actuales no pueden asignarse de igual manera a todos los países. El calentamiento global ha tenido como principal causante a los países hoy desarrollados. Por lo tanto existen tres principios que son irrenunciables al diseñar un nuevo acuerdo. Primero, "responsabilidades comunes pero diferenciadas"...; segundo responsabilidad histórica en la misión; y tercero la equidad...". A continuación, encuadró la problemática en el proyecto político que domina y motoriza nuestra región desde hace casi una década: "El abordaje del cambio climático no puede desvincularse de la agenda del desarrollo, erradicación de la pobreza y mejora de la distribución del ingreso entre países". Para ello, mencionó, resultará estratégico "avanzar en transferencias tecnológicas masivas que permitan a los países más vulnerables contribuir a la mitigación global al mismo tiempo que resolver cuestiones locales provocadas por el impacto del calentamiento. Esta sinergia permitirá [en simultáneo]... reducir la brecha entre países desarrollados y países en desarrollo...". Al cierre de su discurso, una notable síntesis del desafío ecologista pero a imagen y semejanza de nuestros intereses: "Tenemos una gran oportunidad: reconocernos iguales en nuestra diversidad; permitirá esto que la temática ambiental se convierta en un aporte que garantice paz, igualdad y desarrollo con inclusión social en todo el mundo".

Brasil en la COP-20
En relación a la posición de nuestro socio político y comercial estratégico número uno, nada mejor que sintetizarla a través de la poderosa Confederación Nacional de la Industria (CNI) -representante de unas 700.000 industrias a lo largo y ancho de Brasil-. En su comunicado oficial sobre los resultados de la cumbre de Lima, la CNI expresó: "Resulta clave diseñar un compromiso que no genere obstáculos al comercio ni perjudique la competitividad de la industria brasileña, industria que de por cierto, es un modesto emisor [de GEI]: según el Observatorio del Clima, la industria representó sólo el 5,5% de las emisiones nacionales en 2013". Asimismo, nótese como la CNI se manifestó en contra de reducir los GEI al precio de afectar a la economía local: "En este momento, metas absolutas de reducción resultarán perjudiciales para el país, que atraviesa un período crucial para la reanudación del crecimiento económico y para la industria, que tiene dificultades para realizar nuevas inversiones sin pérdida de competitividad". La influyente y poderosa organización concluyó su comunicado recordando que Brasil figura a la vanguardia en materia de emisiones de GEI compatibles con el medioambiente y la salud, tanto en la región como en el mundo.

Reducción de GEI al precio de volver a la época colonial
Como mencionamos en la introducción, la humanidad puede tomar cualquiera de los dos caminos (antagónicos) posibles con vistas a combatir el cambio climático en lo que resta del siglo. Por uno de ellos nos proponen avanzar quienes consideran que el desafío es netamente climático, lo cual es en sí mismo toda una definición política; por el otro, sugieren lo hagamos quienes advierten en el desafío climático una disyuntiva política (sumisión o independencia), económica (desarrollo o subdesarrollo) y energética (energía como factor de desarrollo humano y progresividad social o como apéndice del mercado), volcándose en todos los casos por la primera alternativa. El primer camino conduce a una reducción de los GEI pero al precio de: 1) frenar, a escala planetaria aunque con eje en las naciones emergentes, el desarrollo socioeconómico; 2) reducir tajantemente la producción y el consumo de bienes y de energía; y 3) congelar la incorporación a un sistema de vida digno a los miles de millones de seres humanos empobrecidos y postergados que no disponen de electricidad ni de métodos de cocción modernos (gas por redes, por ejemplo). La justificación "climática" para avanzar por este camino es el convite a que edifiquemos un sistema energético basado en las tecnologías renovables, hoy por hoy más caras e inconvenientes desde todo punto de vista -de adoptarse masivamente- que las fuentes tradicionales y la nuclear. Pero no es esto lo más grave de la propuesta, sino el hecho encararla en paralelo al abandono irrestricto de la energía nuclear. ¿Y por qué con tamaña condición?

Porque la decisión de luchar contra el cambio climático con las energías eólica y solar como punta de lanza resulta cada vez más difícil de sostener mientras la energía nuclear siga latente como alternativa. En otras palabras, mientras la energía nuclear siga siendo política, económica, comercial y técnicamente viable, los ingentes subsidios que las renovables precisan, su imposibilidad de funcionar como energías de base, su dependencia de los vaivenes climatológicos, sus desventajas en el uso intensivo de la tierra, así como el fracaso de la experiencia germana (desde 2011 que Alemania se aventuró sola por este camino) convierten a estas fuentes energéticas en enemigas (más que panacea) de cualquier meta lógica y responsable que se proponga una drástica reducción de los GEI. Sus defensores y promotores lo saben y por eso actúan como actúan.

Energía nuclear, desarrollo y soberanía
El segundo camino tiene como justificación "climática" a la energía nuclear. Por sus ventajas intrínsecas (ver al respecto notas de este autor en el portal del Observatorio OETEC - www.oetec.org), una estrategia energética que abrace a la energía nuclear como primerísima solución al cambio climático -obviamente en una matriz energética que, aunque en menor grado, también incluya a las fuentes renovables (hidráulica primero; eólica y solar muy secundariamente)- permitirá una reducción drástica de los GEI sin afectar por ello el desarrollo económico ni demográfico de la humanidad, así como la consolidación de un sector energético progresivamente asequible y accesible para toda la población. Esto en cuanto a los países que dominan esta tecnología o que pueden adquirirla, que en esencia son todas las naciones desarrolladas. Ahora bien, ¿qué pasa con los países en vías de desarrollo que no la tienen o no la pueden adquirir? En realidad, la aceptación y adopción mundial de la energía nuclear como única solución al cambio climático -en una matriz que incluya a la hidroelectricidad, así como a la eólica y a la solar pero en menor proporción- permitirá no sólo alcanzar las metas de la COP-20 sino que actuará de buffer para que las naciones "en vías de independencia y soberanía" se concentren en luchar contra la pobreza, en fomentar su industrialización masiva e incrementar el consumo local, todos ellos objetivos inalcanzables de no contar con una creciente explotación de combustibles fósiles tradicionales, más contaminantes sí, pero más baratos, abundantes y tecnológicamente menos costosos y complejos de adquirir (menor dependencia foránea). ¿Bolivia, Nigeria, la Argentina, India, etc., deben reducir la emisión de GEI sobre su PBI en iguales porcentajes que la Unión Europea, EE.UU. o Japón?

La lucha contra el cambio climático -que es perentoria- puede convertirse en la mejor herramienta del conservadurismo planetario para obstaculizar el desarrollo, la industrialización y las mejoras sociales en las naciones "en vías de independencia y soberanía", o bien puede convertirse en uno de los pilares de una Patria Grande moderna, justa, unida y soberana. En la disyuntiva que se nos quiere presentar como "climática", la energía nuclear juega un rol extraordinariamente estratégico. Y la Argentina, exponente regional e internacional de pueblo y nación "en vías de independencia y soberanía" es mucho más que un reconocido actor mundial en materia de energía y tecnología nuclear. Así que imagínese el lector el desafío y la responsabilidad que tenemos por delante.