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| Artículos de opinión

La herencia del kirchnerismo: soberanía nacional (y no la dependencia)

Autor | Fernanda Vallejos


Conflictos de Interes
La autora no manifiesta conflictos de interés


Palabras Claves
endeudamiento, Plan Brady, Convertibilidad, Cavallo, Blindaje, Megacanje, Mega-Canje, Club de París, FMI, Néstor Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner, soberanía, fondos buitres, Corte Suprema, canje de deuda, default, De la Rúa



24-06-2014 | Refrescaba, allá por marzo, en una columna publicada en Veintitrés, una breve síntesis de la historia reciente de nuestra deuda externa: "En marzo de 1976 la deuda externa argentina ascendía a 7.600 millones de dólares. En siete años se multiplicó casi seis veces. La deuda creada -que, según los peritos designados por la Justicia para su análisis, careció "de justificación económica, financiera y administrativa"- constituyó un efectivo dispositivo de dominación económica que se perpetuó a lo largo de las décadas siguientes. Los mecanismos espurios con los que se formó variaron desde la fragua de deuda inexistente, la carencia de registración oficial o el endeudamiento sin debida autorización, ausencia intervención de áreas competentes o justificación de operaciones.


Con el agravante de que la toma de decisiones del Banco Central, con Adolfo Diz a la cabeza, se hizo bajo el asesoramiento de técnicos del FMI. Las empresas públicas fueron sobreendeudadas y desviado el destino de las divisas para financiar la vocación fugadora de algunos sectores. A esto hay que sumar la deuda contraída por corporaciones como Acindar, Autopistas Urbanas, Papel Prensa, a las que se otorgó avales del Tesoro Nacional a través de los bancos Nación y Nacional de Desarrollo, sin controles de incobrabilidad y que, huelga decirlo, fueron pagadas con fondos públicos. Finalmente, se nacionalizó la deuda de grandes empresas y bancos privados, vía régimen de seguros de cambio ideado por Cavallo en 1982. Entre los beneficiarios del sistema se cuentan Autopistas Urbanas, Acindar, Banco Río, Banco Galicia, Bridas, Alpargatas, Pérez Companc, Citibank, Siderca, Chase Manhattan Bank, Ford, Banco Francés, Banco de Londres, Swift Armour, por sólo nombrar algunos. En 1983, cuando el proceso militar debió ceder el paso a la recuperación democrática, la deuda había llegado a 44.300 millones.

El primer gobierno democrático cargó los lastres de la dictadura, asumiendo la totalidad de la deuda y absorbiendo la deuda privada. A partir de allí, la pesada carga se traspasaría de gobierno en gobierno, junto con el bastón y la banda. (...) durante 1983-1989, atender servicios de la deuda por 4.600 millones de dólares demandaba el 6% del PBI, o el 22% del gasto público, mientras el superávit comercial anual promedio era de 4.000 millones (600 millones menos que los intereses). Cuando Alfonsín dejó el gobierno en 1989, la deuda externa era de 62.500 millones.

En 1992 nuestro país suscribió al Plan Brady, diseñado en Estados Unidos. Implicó el reconocimiento del total de la deuda con los niveles de tasas de interés aplicadas sucesiva y unilateralmente por los acreedores. Mediante la conversión de la deuda en bonos, se transformó el perfil de los acreedores, al pasar de bancos internacionales a inversores institucionales, eliminando la posibilidad de negociar directamente e incorporando un factor de volatilidad al sujetarla a instrumentos financieros. Más adelante, parte de esa deuda sería canjeada, rifando los principales activos del país, a través de las privatizaciones. El régimen de Convertibilidad, de déficit estructural de cuenta corriente, impuso la profundización de la política de endeudamiento.

La fuga de capitales, la profunda recesión -acentuada por los planes de ajuste impuestos invariablemente por el FMI, el mismo que primero había alentado el endeudamiento y avalado la fuga- y una estructura de deuda insostenible conducían, indefectiblemente, al default".

De la Rúa abandonó el gobierno, tras haber orquestado la estafa financiera más grande en la historia Argentina: el Blindaje y el Megacanje. La presión de la deuda sobre las cuentas públicas era agobiante, al punto que el Presupuesto Nacional del año 2000 preveía destinar el 20% de los recursos al pago de la deuda externa. Entonces, llegó el Blindaje, que implicaba, a cambio de una operación contable de toma de deuda por 40.000 millones de dólares para pagar la que ya era impagable, una serie de condiciones impuestas por el FMI, a cumplir por el gobierno radical de la Alianza: eliminar la Prestación Básica Universal en materia previsional y elevar la edad jubilatoria de las mujeres; racionalización de la administración pública, o, sin eufemismos, achicamiento del Estado, ajuste; reducción del gasto público con el objetivo de garantizar el equilibrio fiscal, para lo cual el gobierno intentó eliminar el déficit por ley, con la Ley de Déficit Cero (en el segundo semestre de 2001 el gobierno ajustaría el gasto en 4.000 millones de pesos, cifra equivalente al 1,5% del PBI. 2.100 millones de esos 4.000 serían recortados a las provincias. Las otras dos partidas ajustadas serían las jubilaciones y los salarios del sector público); reestructuración de la ANSES y del PAMI y desregulación de las obras sociales; firma por parte de todas las provincias del Compromiso Federal para el Crecimiento y la Disciplina Fiscal, que congelaría el gasto primario público de la Administración Nacional y Provincial.

Pronto quedó en evidencia que el Blindaje no solucionaría los problemas de la economía argentina, y entonces llegó el Megacanje que consistía en canjear la deuda existente por una nueva, a un plazo mayor. Sin embargo, los técnicos especializados -los mismos que hoy seguimos escuchando dar consejos sobre el desenvolvimiento de nuestra economía y por los que braman medios de comunicación y varios argentinos flojos de memoria- negociaron con tal sentido de Patria que ese canje terminaría siendo a un costo exorbitante que implicaría seguir incrementando la deuda externa. De acuerdo con el peritaje de la causa judicial por el Mega-Canje, el país sufrió un perjuicio valuado en 55.000 millones de dólares. Los siete bancos implicados en esta fenomenal estafa, Banco Francés, Santander Central Hispano, Galicia, Citigroup, HSBC, JP Morgan y Credit Suisse First Boston, obtuvieron 150 millones de dólares en comisiones. Antes de esta mega estafa, la deuda externa ascendía a los 80.000 millones de dólares hacia finales del año 2000. Con posterioridad al Mega-Canje, la deuda externa aumentaba hasta los 88.000 millones de dólares y para el año 2003 llegaba a 102.000 millones de dólares. Si antes del Mega-Canje se calculaba que la Argentina debía pagar en el período 2001-2031 por los vencimientos de su deuda 60.500 millones de dólares, luego de esas operaciones el valor se incrementaría en un 63% llegando a los 98.400 millones de dólares. En tanto la deuda pública total pasaría de los 124.400 millones de dólares a los 126.600 millones de dólares. Por su parte, los intereses de la deuda treparían de los ya impagables 82.300 millones de dólares hasta los 120.700 millones de dólares.

Como ya sabemos, frente a la insolvencia de la economía nacional, a fines de diciembre de 2001, Adolfo Rodríguez Saá declaró la cesación de pagos de aproximadamente US$ 80 mil millones en bonos. Es esta, queridos lectores, la herencia que recibió Néstor Kirchner al asumir aquel 25 de mayo de 2003, una deuda que significaba el 166% de nuestro PBI y una economía en bancarrota. Más del 95% de esa deuda correspondía a deuda con el sector privado y organismos multilaterales. Néstor Kirchner, y luego Cristina, revirtieron la historia de la deuda. Enfrentaron la difícil situación heredada y poniendo el interés nacional por encima de los designios de las finanzas internacionales y sus organismos rectores, produjeron en 2005 el primer canje de deuda, con reestructuración y quita superior al 65%, al que ingresaron el 76% de los tenedores de bonos argentinos, reduciendo la deuda externa en 27.000 millones de dólares. En enero de 2006 la Argentina canceló su deuda con el FMI, por 9.500 millones de dólares, rompiendo uno de los yugos que nos había sometido durante cinco décadas (el país ingresó al FMI tras el derrocamiento de Perón en 1955, iniciando el derrotero de préstamos stand by y condicionamientos de política económica). En 2010 se realizó un segundo canje, con una quita por encima del 66%, con una reducción de casi 4.500 millones de la deuda. Entre los dos alcanzaron al 92.4% de los tenedores de bonos en default. En octubre de 2013 se alcanzó un acuerdo con empresas que tenían fallos favorables en el CIADI contra la Argentina, por 677 millones de dólares.

Finalmente, en marzo de 2014 se alcanzó el acuerdo con Repsol por la expropiación del 51% del paquete accionario de YPF, que hoy nos permite reconstruir nuestra soberanía energética, por 5.000 millones de dólares, la mitad del monto por el que estaba demandando a la Argentina frente al CIADI. Y en mayo se alcanzó un histórico acuerdo con los 19 miembros del Club de París, sin participación del FMI, por 9.700 millones de dólares.

La historia de la deuda impagable, del cepo al desarrollo económico y social de la Nación era dejado atrás, en el marco del período más prolongado de crecimiento con inclusión social del último siglo, avanzando en la normalización financiera de la Nación y rompiendo los lazos de la dependencia financiera y reconstruyendo la soberanía nacional. por todo ello, cuando decimos no pasarán, lo decimos con firmeza. Si la facción más rancia del capital financiero internacional, en connivencia con la matriz judicial norteamericana, pensaron en revertir el proceso virtuoso que la Argentina, con esfuerzo, ha erigido en los últimos once años, les responderemos con firmeza e inteligencia, en el camino de definir la mejor solución, como se hizo a lo largo del recorrido de todos estos años, poniendo, como premisa irrenunciable, el interés nacional y las necesidades del pueblo de la Patria. Porque hace tiempo se clausuró en la Argentina, como dijo la Presidenta, el periodo donde era viable "rifar la Patria". En el devenir hacia la consolidación definitiva del desarrollo económico y social de la Nación, será la primera vez desde la restauración democrática y, en rigor de verdad, desde aquel lejano 1955, que un gobierno deje como legado no ya la mochila de la dependencia económica sino la de la soberanía nacional, que es una mochila preñada de los sueños que Néstor Kirchner nos invitó a soñar en 2003 y que seguiremos convirtiendo en realidad.